La falacia del progreso

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Por: Juan Pablo Silva 

Acero, crecimiento y progresismo

El mineral de hierro ha ido recuperando gran parte de lo perdido durante el segundo trimestre de 2017, cuando alcanzó un mínimo de 53,86 US/TM. Los contratos futuros de coque alcanzaron un máximo en 2017. El HRC ya se empina sobre los 600 US/TM en el mercado interno chino, y el precio de exportación marca 530 US/TM, lo que significa que para llevarlo a la fábrica, el precio final es equivalente al spot China. De esta forma, el precio en el mercado interno chino es una buena Proxy de cuánto cuesta dejar el HRC en las bodegas del importador.

El contrato futuro de octubre para HRC está marcado sobre 590 US/TON, lo que significa un poco que el mercado “especulativo” no observa una caída de precios en el corto plazo. Esto se traduce en llegadas de acero para el primer trimestre de 2018, sobre los 600 US/TM.

La gran pregunta es ¿Qué va a pasar con la oferta exportable en los meses de invierno? El partido comunista chino, va a someter a una buena parte del “pueblo” a otro invierno “miserable”, en términos de calidad ambiental, lo cual puede llevar a aumentos en el malestar social, generando marchas y protestas, en busca de una solución al nocivo problema ambiental.

La otra pregunta que al menos yo me hago es ¿Hasta qué punto la exportación de acero es importante para la industria China? La evidencia muestra que cuando las cosas andan mal, la importancia relativa de la exportación aumenta, pero en estos momentos cuando el mercado inmobiliario está tirando fuerte y las exportaciones son solamente 8% de la producción total ¿Vale la pena tener acusaciones de dumping por todo el mundo, o tener problemas geopolíticos, o en el extremo, tener un Estados Unidos que coloca las importaciones de acero como un tema de seguridad Nacional? ¿Vale la pena, a costa de la salud de la gente, por un 8% de la producción? Pienso que no, entonces es importante reflexionar.

Crecimiento económico LATAM.

Tabla 1- crecimiento económico de la LATAM.

ddFuente: Bloomberg

La tabla 1, muestra que el crecimiento esperado para Chile y Colombia en 2017, es en el mejor de los casos sólo 55% del promedio mundial, esto lógicamente es “paupérrimo” para países en desarrollo, y esto nos hace reflexionar sobre el crecimiento y el progreso.

Entiéndase por progreso aquella acción de avance, adelanto o perfeccionamiento[1]. Todos los países de la región buscamos progresar, ya que entendemos que es el camino natural para dejar atrás el subdesarrollo. Por su parte, en el contexto Latinoamericano, “famosos” son los gobiernos llamados Progresistas (pasados y actuales): Cristina Fernández en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile, sólo por nombrar algunos.

Sin embargo, el Progresismo latinoamericano de acuerdo a la tabla no genera crecimiento, y lo que es peor, ha causado daño al tejido económico y social. Ejemplos hay de sobra: crecimiento económico muy por debajo del potencial, aumento de las tasas de desempleo, pero sobre todo un daño inmenso a la industria manufacturera producto de un aumento irresponsable del gasto público, tratados de libre comercio sin sentido, y como corolario de ello, del aparato público en sí mismo. En términos simples, aumenta la burocracia y la participación económica del Estado, y comienza a disminuir la participación del sector privado y emprendedor.

La falacia del progreso, al estilo latinoamericano, radica en que lo que se supone debe llevar a la economía y la sociedad en su conjunto a avanzar, a perfeccionarse y a ser mejor, está apuntando exactamente en la dirección contraria: más corrupción, y por ende menos transparencia, daños importantes a la credibilidad y función de las instituciones, etc. El problema está en que cuando el progreso se ideologiza, se comienza a pavimentar el principio del fin de cualquier sistema, tanto económico como social o empresarial.

Esto ocurre porque esta ideología tiene el afán de conseguir igualdad en el resultado en lugar de igualdad de oportunidades. Es decir, los seres humanos y la forma en la que funciona nuestro cerebro, nuestras habilidades, etc., son características que nos definen como individuos, y claramente difieren de una persona a otra, así como también difieren entre países, en términos de eficiencia, productividad, etc. El Progresismo falaz, pretende a toda costa homogeneizar a todos los individuos en base a características exógenas (género, raza, etc.) y reemplazar otras variables como mérito o esfuerzo.

En este sentido, es precisamente la industria, los emprendedores y el mundo privado, los que tienen que ser capaces de generar economías colaborativas, acercarse y establecer acuerdos, por ejemplo, con colegios y universidades para investigar, innovar y, en definitiva, llevar a cabo el proceso de “Destrucción Creativa” Schumpetereano[2], que no es otra cosa que la búsqueda de transcendencia, aquella transcendencia que ha permitido desde la primera revolución industrial, gracias a la imaginación y coraje de cientos de emprendedores, el desarrollo y verdadero progreso social, cultural y económico, como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad.


[1] Del latín progressus. 1. m. Acción de ir hacia adelante; 2. m. Avance, adelanto, perfeccionamiento. Fuente: Real Academia Española (RAE).

[2] Joseph Schumpeter, Economista Liberal de la Escuela Austríaca (1883-1950).

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