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Globalización con características chinas

En los últimos años, mientras grandes naciones históricamente defensoras del libre mercado, como Estados Unidos y Gran Bretaña, han adoptado tendencias proteccionistas, China ha tomado un rumbo completamente opuesto, y se ha posicionado como el gran abanderado de la cooperación económica, el libre comercio y la globalización mundial. Pero, ¿cómo hizo un país en donde hace tan solo cuatro décadas 88% de la población vivía con menos de dos dólares diarios para convertirse en la segunda potencia económica y primera potencia comercial?

Para finales de los años 70 China era una nación sumida en la miseria. La Gran Revolución Cultural de Mao Zedong, un movimiento sociopolítico para “limpiar a la sociedad china de las influencias capitalistas y el pensamiento burgués” dejó el país en ruinas, con cerca de dos millones de muertos, un patrimonio cultural milenario destruido, una psique nacional traumatizada y una economía completamente arrasada.

Por fortuna, la muerte de Mao en 1976 -y el fin de la Revolución- abrió un espacio para finalmente cambiar el rumbo y levantar nuevamente a la nación. Dos años después del sangriento caos, el sucesor de Mao, Deng Xiaoping, tomó las riendas del Partido Comunista (PCCh) y se dispuso a transformar el país, instaurando algo que no había visto nunca la República Popular: una política de reforma y apertura que finalmente le abrió las puertas a la comunidad internacional y la inversión extranjera.  

“Necesitamos un gran número de pioneros que se atrevan a pensar, explorar nuevas fórmulas y generar nuevas ideas”, dijo Deng en diciembre de 1978, al final de una larga reunión del PCCh que sentaría las bases para, tras treinta años de aislamiento económico, convertir a China en la fábrica del mundo. “De lo contrario, no podremos librar a nuestro país de la pobreza y el atraso o alcanzar, al menos, a los países avanzados”.

Además de la implementación de zonas económicas especiales en cinco regiones clave a lo largo de la franja este del país, creadas como punto de partida para las relaciones comerciales con otras naciones, durante su mandato Deng realizó una extensa reforma agraria, otorgó permisos a los emprendedores para crear empresa y fomentó una menor intervención estatal en el sector privado. 

En términos de acero, miles de acerías que habían sido ocupadas y clausuradas por juventudes maoístas diez años atrás reanudaron sus operaciones y, a pesar de que durante los primeros años de reforma China tuvo que importar cerca de un millón de toneladas de acero anuales desde Japón, fue entonces que se colocaron los cimientos que hoy han convertido al gigante asiático en el principal productor y exportador de acero a nivel mundial.

Los sucesores de Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao, continuaron con la implementación de políticas de reforma y apertura. Cabe destacar que fue durante el mandato de Jiang que China adhirió a la Organización Mundial del Comercio, en 2001, y que, durante el gobierno de Hu, el crecimiento económico del país mantuvo un promedio anual cercano al 10%, impulsado principalmente por las crecientes exportaciones y la inversión en infraestructura.

La actual era Xi se ha destacado por un enfoque muchísimo más ambicioso en cuanto a la apertura y globalización. Ante los recientes vacíos dejados por los movimientos populistas en Occidente y la enorme incertidumbre económica internacional, China ha aprovechado para tomar el liderazgo económico global. “Debemos continuar fomentando una economía abierta que beneficie a todos”, ha reiterado Xi en diversas ocasiones. “La apertura trae progreso, mientras que la auto reclusión deja a la población atrás”.

El presidente ha defendido la globalización a capa y espada, promoviendo enérgicamente la eliminación de barreras comerciales y la amplia cooperación internacional. La máxima muestra de esto es la Franja y la Ruta, una multimillonaria iniciativa que, inspirada en la antigua Ruta de la Seda, pretende por medio de inversiones e infraestructura conectar a decenas de países alrededor del mundo, con miras a lograr una amplia integración cultural y comercial que lleve a una comunidad internacional unificada.

La Ruta de la Seda del siglo XXI es “una propuesta global que indudablemente resume la política internacional de China”, dijo el embajador de Argentina en China, Diego Guelar, en entrevista con el Diario del Pueblo. “No solo llega a Europa o África, sino que también lo hace a América Latina”.

Lo cierto es que a pesar de sus potenciales beneficios, la globalización con características chinas presenta una enorme contradicción: Xi Jinping ha hecho un esfuerzo por posicionarse como el gran defensor de la integración mundial. No obstante, la realidad es que a pesar de dicha postura, China se rige bajo un modelo comunista y totalitario que aún restringe el libre flujo de capital, información y bienes con el resto del mundo, otra de las muchas paradojas del país asiático. 

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